lunes, 28 de noviembre de 2016

Cada vez que salgo a caminar por el centro, se me pianta un lagrimón. Ayer pasé por el Obispado y me acordé de aquel buen hombre que nos recibía con un café. A esa hora de la mañana, y con cinco grados bajo cero, era una verdadera bendición semejante gesto. Pensar que trabajé allí, en el estacionamiento, tantos años; esas calles aún siguen hablando por nosotros.