Era un viaje soñado: llegar a Güer Aike en bicicleta. La tarde estaba hermosa, ni una ráfaga de viento. Ni un auto, nadie en la ruta. Solo yo y la Cabrita del Viento.
Me quedé un rato en cada santito que iba encontrando; les saqué fotos a todos. Pasé por el puente, contemplé el río Gallegos, casi congelado. Estuve en San Cayetano y me quedé sentado en una de las sillas que tiene el santuario de San Expedito. Ahí, hace algunos años, había una familia almorzando, celebrando el nuevo año. Me pregunté qué habrá sido de su vida, se los veía muy felices.
Y subí, por fin, hasta la Virgencita. Agradecí cada momento vivido, pedí por mi familia, por mis ausentes; pedí por ella y sus niños.
Ese día, el paisaje fue mío. La selección jugaba contra Inglaterra. Esa fue la hora exacta que elegí para emprender la aventura.
La vuelta también fue hermosa: sin manos y escuchando música, haciendo piruetas. Ojalá que no sea la última vez.
Gracias siempre, Virgencita.











































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