viernes, 2 de enero de 2026

A esta altura de mi vida, mis asados salen de taquito. Soy bueno, lo admito. Era muy chico cuando me hice cargo de la parrilla. No existían ni YouTube ni tutoriales. Ni un tío bueno, nada. Lo mío sí que fue una operación a corazón abierto.
Hasta podría darme el lujo de dar algunos consejos, que son muy sencillos: lo primero es elegir buenos cortes, variados. Para esta época del año, lo mejor es el famoso corderito patagónico. Un elixir, diría el Coco Basile. Pollo, vaca, chorizos, morcillas, chinchulines. Lo que venga.
Para encender el fuego, una hoja de diario, cartón y una cajón de madera, de esas en las que viene la fruta. Con los años, descubrí que la madera de obra es lo más. En mi caso, como somos pocos, con una bolsa de carbón, está bien. Algo así: un kilo de carbón por un kilo de carne, un kilo de carne por persona. Los carbones más grandes son los que nos van a servir. Una vez que están hechas las brasas, en unos veinte minutos, separás las que vas a usar y el resto, las dejas a un costado. Limpiás la parrilla, con una hoja de diario y un trozo de grasa y la ponés a las brasas. Ese es el momento en que hay que salar la carne. Sal gruesa, en lo posible.
La cocción es de una hora (treinta minutos de cada lado). Puede ser un poco más, pero no tanto. No hay que apurarlo ni darlo vuelta a cada rato. No, eso no se hace. Repito: treinta minutos de cada lado y listo el pollo (o el cordero, en este caso). Hay un mito que dice que a fuego lento se asa mejor, pero eso es en caso de un lechón, no de un cordero a la parrilla. 
Una vez que está listo, lo servís en una parrilla de esas que podés poner algo de brasa. Esto hace que el asado llegue chirriando. Y si tenés platos de madera, es aún más rico, para que le pases el pan luego. 
No sé si lo leí en algún lado o lo inventé, pero el asador nunca debe sentarse en la mesa. Tiene que comer parado y estar atento. 


Y cuando todo sale bien, queda el gesto final, el que justifica la ceremonia: el aplauso para el asador.